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24 de Mayo Día Nacional
de la Epilepsia

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Un segundo es suficiente

Por Leonor Cuevas Martín


Que un segundo es suficiente para cambiar la vida de cualquier persona no hace falta decirlo, pero quienes vivimos cada segundo de nuestras vidas con el corazón encogido porque son muchas las veces que la vida nos ha puesto y nos pone en la tesitura de si estamos en el último segundo de nuestras vidas, lo sabemos mejor y creo que apreciamos mejor cada segundo que pasa y más si estamos bien.

Si bien, por lo que estoy leyendo en internet y después de 30 años conviviendo con la epilepsia, aunque, por lo que descubro, compruebo que nací con ella, creo que la epilepsia mía ha sido de las más benignas, pero no por ello he escapado del estigma al que se ve sometida la enfermedad y que me cerró las puertas del mercado laboral después de estudiar la licenciatura de Administración y Dirección de Empresas y ampliar mis estudios con un Máster en la misma materia. De nada sirvió tampoco mi esfuerzo durante esos años, al final de los cuales, había trabajado en prácticas durante un año acumulado, para que cuando empezase mi andadura laboral no pudieran decirme que no tenía experiencia. La tenía y en cuatro tipo de empresas diferentes. Sin embargo, las empresas, con la excusa camuflada en que yo no podía conducir, me rechazaron todas a pesar de mi buen currículum. Todos los directores de las empresas que me llamaron lo habían visto y les había gustado, por eso me entrevistaron, a pesar de que sin poner que se conduce hay pocas posibilidades de que una empresa te llame.

Este era el segundo gran fracaso que acumulaba por la epilepsia, pues el primero fue que a los dieciocho años (yo ya había aprendido a conducir con mi padre desde los once años) me dijeron que no podía hacerlo legalmente, porque de pasarte algo, las compañías aseguradoras comprobarían que tenía epilepsia y no cubrirían los siniestros.

Sin embargo, seguí adelante, monté un despacho de asesoría fiscal, económica y legal, y me dediqué a asesorar a las personas con menos conocimientos y defensas ante tanta burocracia y tanto trámite como piden para todo. Lo hice en mi pueblo. Un pueblo pequeño de Extremadura, aislado por 6 km de la carretera por la que pasan autobuses con regularidad en la línea Sevilla-Badajoz. Por esos 6 km no he tenido acceso a los medios de transporte público y mi única salida si quería trabajar con pocos recursos era ese despacho que monté en una habitación de la casa de mis padres, con su apoyo y contando con que mis padres me acompañaban en coche a hacer todos los trámites, pues por ser un pueblo de menos de 3000 habitantes tampoco tiene administraciones públicas y todo había que hacerlo en núcleos urbanos más grandes (el más cercano a 18 km). Además en 1999, internet no era lo que es y no se hacían los trámites vía telemática como ahora; lo más que utilizábamos era el correo ordinario, el teléfono y el fax y sin tarifas planas.

Hasta aquí todo transcurría con normalidad mientras vivía en una ignorancia alimentada por mi neurólogo de Badajoz del Hospital Infanta Cristina que me animaba a seguir estudiando y a seguir buscando trabajo, cuando sabemos de sobra, que en la sociedad actual es imposible encontrar trabajo con epilepsia si conocen tu situación. Mucho menos cuando ésta es fármaco-resistente y además cuando te dan ausencias diarias, aunque en aquellos momentos me solían dar por las mañanas al despertarme y yo desconocía que eso me fuera a influir tanto en mi vida posterior. Algunas veces me daban comiendo al mediodía, trabajando, viendo la tele…, sin embargo, a diferencia de algunos casos que he leído, yo no he sido una niña o un adulto aislado de la sociedad debido a la epilepsia, ni tampoco me han excluido por ello, salvo en lo laboral. He sido una persona aislada en determinados momentos de la vida por elección propia, por no compartir con algunos adolescentes determinados comportamientos admitidos socialmente como buenos a diferencia de la epilepsia. Hablo de esa época en que se pasa de niño a adolescente, se empieza a fumar, a beber y otras cosas menos saludables como las drogas. Desde antes de llegar a esa edad me negaba a llegar a ella y a verme obligada a tener que hacer lo que hicieran los demás cuando yo no quería ser como los demás. Temía que llegara ese momento en que los mayores te cuentan que los demás te obligan a hacer lo que no quieres y acabaría cediendo, los demás te pueden echar droga en la copa, los demás se reirán de ti cuando no lo hagas y cederás, los demás, los demás… Estaba harta de escuchar la misma cantinela. Y cuando llegó esa edad, ¡bendita edad!, yo era una niña estudiosa hasta “empollona” pues a diferencia de otros niños que sacaban buenas notas, a mí me costaba muchas horas de estudio y mi vida se redujo durante diez años a levantarme, coger el autobús, ir al instituto o facultad, volver a casa, estudiar, dormir y comer. Mientras tanto, en los recreos y en mi piso compartido de Badajoz hacía vida totalmente normal con mis compañeros donde las crisis de ausencia servían de anécdotas que nos hacían reír a todos. Todos sabían de mis crisis, pues nada más que hablaba con alguien dos veces le advertía de la posibilidad de que me diera alguna con él o ella y así evitaba malentendidos. Como me daban muchas, casi todas las personas de mi alrededor sufrieron la presencia de varias mientras yo permanecía ajena a todo ello y solo fui tomando nota de las distintas anécdotas que ellas me contaban, de sus caras, de las veces que cuando volvía a ser consciente tenía a alguien con un vaso de agua para que bebiera (pero nunca me dieron el agua mientras tenía la crisis, nunca intentaron hacer nada que me perjudicara). Todos asustados, aunque me hubieran visto varias veces, esperaban pacientemente a que se me pasara y luego me contaban y nos reíamos.

Con el tiempo, descubrí que mi amiga de niña no me había dicho nada de pequeña pero me confesó cuando tenía veinticuatro años que yo hacía cosas muy raras, ponía la cara rara, y nunca me había dicho nada. Ni siquiera después de mayor me explicó con claridad qué era eso de “rara”. Está claro que las ausencias te dejan una cara extraña, como ida, ausente, que dejas de contestar, que respondes sin sentido, porque en realidad no respondes sino que hablas según tu cerebro te lleva… y con el tiempo, juntando descripciones de unos casos y otros, que me contaban, pude hacerme una idea de lo que ocurría en mi exterior mientras yo sentía y pensaba cosas diferentes. Por último, con las nuevas tecnologías, mi novio, que ahora es mi marido, me grabó en una ausencia con el móvil y ahí pude ver qué es lo que hacía y compararlo con lo que en aquel momento había pasado por mi cabeza. Para mí la vida había continuado durante aquellos casi dos minutos de grabación y, por tanto, si me contaban lo que había ocurrido en realidad no me lo hubiera creído, como me ocurrió durante muchos años al principio, sobre todo con mi madre, que se empeñaba en decir que me pasaban muchas crisis y yo le decía que eso no era cierto. Así fue hasta que empezaron a darme con más gente que sí me lo contaban a diferencia de aquella amiga de la infancia, lo cual solo contribuyó a que llamara a mi madre casi mentirosa. Por eso, y tras haber leído los testimonios que hay en la web, después de haber leído el libro de Beatriz Mori “No me digas que no lo cuente”, de haber leído muchas cosas en internet y de haber vivido 30 años con epilepsia, creo que es hora de, en la medida de lo posible, contribuir a decir: BASTA. Ya es hora de que desde dentro, personas que tenemos epilepsia y podemos hablar o/y escribir o vivimos experiencias de cerca, unas más traumáticas que otras, luchemos por cambiar ciertos mitos y comportamientos que hay en la sociedad, por quitar el estigma que tiene la epilepsia y convirtamos esta enfermedad, al menos, en una enfermedad crónica más dentro de nuestro país y del mundo. Cuatrocientas mil personas en España y cincuenta millones en el mundo son muchas personas juntas, y que, sin embargo, separadas vivimos la epilepsia casi en silencio.

Para ello, creo que el primer paso que tenemos que dar después de todos los que han dado los que estáis luchando antes que yo, es combinar las distintas experiencias de afectados y familiares y con esa lluvia de ideas (no soy dada a los términos ingleses, si no por mi formación diría brainstorming), quienes no padezcamos epilepsia severa y cuyo cociente intelectual sea suficiente para poder luchar por nosotros y por los demás, lo hagamos intentando crear una forma de vida que sea ejemplo para quienes quieran hacerla suya y que no sea discriminatoria sino hasta objeto de imitación y admiración. ¿Quién dijo que una vida sin alcohol, tabaco y drogas no es saludable o no es sociable? Yo he tenido y tengo esa vida desde que nací y por elección y, si los borrachos dicen la verdad, una persona, amiga de la infancia que después se dio al alcohol y las drogas, me confesaba un día que admiraba mi forma de ser, ajena al qué dirán, sin que me hubiera influido la adolescencia, sin ni siquiera haberme visto “el pavo” que por todos los adolescentes pasa y sin haberle hecho sufrir a mis padres por locuras de adolescencia o juventud. Siempre en mi sitio… -decía ella-. Es curioso cuando de alguien tan diferente a mí, recibes esa confesión de admiración, de entendimiento cuando tan difícil de entendernos resulta por nuestros caracteres opuestos. De hecho somos los dos polos contrarios dentro de todas las personas de mi edad que fuimos juntas al colegio (en torno a unos cuarenta).

Pero, porque confío que no soy la única y porque sé que “el qué dirán” mueve montañas, como veo reflejado en el libro de Beatriz Mori, que parece que no concibe una vida social sin alcohol, a no ser, que solo quiera mitigar los efectos y el corsé al que estamos sometidas las personas con epilepsia en cuanto a prohibiciones se nos inculcan. Podemos hacer de esas prohibiciones nuestro modo de vida, al igual que un hipertenso o un diabético concibe la vida sin sal o sin azúcar, y no se mueren por eso, sino por sobre excesos.

Yo, con mis ausencias, con mis crisis epigástricas, con mis auras auditivas, con mis dobles o alucinaciones y con los efectos secundarios de los múltiples tratamientos que he tomado he vivido de una forma integrada cuando he querido estar en los grupos (no siempre que salgan los demás tiene uno que hacerlo). He viajado, he salido y he trasnochado. He bailado hasta la madrugada, he estudiado, he ido a fiestas, he comido y he bebido, pero nunca he hecho lo que creía que no iba bien para mí y, por supuesto, todo eso sin beber alcohol, sin fumar y sin tomar drogas, aparte de los antiepilépticos. Cuando las pastillas me dan sueño, me tomo unos caramelos de café que le subían la tensión a una compañera de facultad (después los incorporé yo a mi dieta para el sueño) y marchando. Eso sí, procurando estar tranquila, porque el estrés, después de toda esa vida casi normal, me pasó factura y bien. Por supuesto, el neurólogo que tenía, el que me animaba a estudiar y trabajar; al que le pedía continuamente información sobre mi enfermedad y sobre el funcionamiento del cerebro y nunca me la dio, se negó a atenderme tras conocer que había investigado por mi cuenta y había conocido la asociación ÁPICE en 2010, cuando tras el empeoramiento tuve que cerrar mi negocio; nunca me informó de lo malo que era el estrés para las personas con epilepsia, a pesar de que sabía a lo qué me dedicaba y en qué condiciones lo hacía (siendo autónoma y sin trabajadores que pudieran sustituirme si me ponía enferma). Es muy triste, que tras veinticinco años con el mismo profesional, tratándome desde los diez años, cuando me dio mi primera crisis tónico-clónica, sabiendo lo responsable, estudiosa y trabajadora que siempre había sido, me tomara por vaga, deprimida y me dijera que lo mejor que tenía que hacer era seguir trabajando, cuando estaba llorando y dormida todo el día, por los efectos secundarios de múltiples pastillas que tomaba, tosiendo a todas horas por el Vimpat, con crisis que me repetían continuamente, a pesar de la medicación, sin que trabajara siquiera; éste renunciara a mí por saber que me había informado, que había conocido que había unidades de epilepsia y más pruebas para conocer mi caso. Tuve que cambiar de médico y cuando por azar de la vida me derivaron a Madrid, los papeles tuvo que firmarlos el mismo profesional, que seguía diciendo que consideraba que nadie más que él era el mejor para tratar mi caso. ¿Es posible que tengan tan poco en cuenta nuestras experiencias y que nos atiborren de fármacos sin que nos hagan pruebas con las nuevas tecnologías y nos den la posibilidad de mejorar o curarnos? ¿Es posible que tengan tan poca sensibilidad? Yo les digo que sí. Y supongo que vosotros me lo confirmaréis porque todos nos quejamos de lo mismo. A ellos les interesa bien poco si tomamos más medicación y estamos igual que con menos.

También les da igual a los cirujanos. Estos son como robots. Te hacen las pruebas, ven las imágenes, si pueden operar abren el cerebro y lo cierra, y no encuentras unas palabras de información o consuelo. Son carpinteros con todas las letras. Les da igual tu ánimo, tus dudas y tus sentimientos. La empatía no es su fuerte y con ello tenemos que lidiar los enfermos.

Yo he pasado durante los seis últimos años por ese calvario, aunque teniendo en cuenta a los que tenéis epilepsia severa y desde la infancia, lo mío es un camino de rosas. Sin embargo, en esos años se ha complicado sobremanera y he podido comprobar todos los malos efectos que la epilepsia acarrea a nuestra salud, a nuestro organismo, a nuestra vida y a la de nuestros familiares.

En estos años, he probado más pastillas que en todo el resto de trayectoria, he tenido efectos secundarios más fuertes, como alergias, erupciones con ronchas por todo el cuerpo y picando excesivamente a todas horas impidiéndome dormir, sin poder ponerme ropa que diera abrigo, ni siquiera en invierno, erupciones sin picos color morado hasta en la palma de las manos, la somnolencia extrema ya conocida, estar inestable y no poder caminar sola porque necesitaba ir agarrada a alguien, no saber sumar dos y dos ni saber echar la cuenta para comprender las devoluciones en cualquier compra, olvidar mi firma y no poder firmar en una recepción de un pedido, en una carta, una falta de memoria que poco diferencia se llevaba con un tío mío que padecía Alzheimer, no atinaba a hablar porque no me salían las palabras, otras veces las decía con las letras cambiadas o al revés y muchas más cosas que muchos conoceréis pero que yo nunca vi como efecto de la epilepsia. Son muchos los problemas que conlleva tener una enfermedad crónica como la nuestra y además durante tantos años cuando nos acompaña toda la vida. En mi caso desde hace once tengo otros problemas añadidos provocados por los antiepilépticos.

En mi despacho transcurría todo normal, a veces con más estrés de la cuenta, pero como mi médico nunca me advirtió de la repercusión del estrés en la epilepsia y yo me sentía bien y contenta con lo que hacía, pues nunca busqué información sobre mi enfermedad. Siempre fui una persona muy activa, entusiasta, imaginativa, alegre, emprendedora, luchadora y casi imparable dentro de mis límites. Los fines de semana los dedicaba algunas veces a hacer cursos, otras veces salía a comer o de fiesta, otros eran muy tranquilos, pero en general las crisis estaban presentes y sin seguir ningún patrón. Mi madre me alertaba cuando estaba muy contenta, porque podía darme y me daba la crisis. Si estaba triste, me daba la crisis; si estaba cansada, me daba la crisis; si estaba recién levantada, me daba la crisis… Yo decía que prefería que me diera por estar contenta que por estar preocupada. Y tenía razón.

Fui disminuyendo el horario de atención al público, pasé de trabajar mañana y tarde, a no atender a los clientes algunas tardes. Después eliminé las tardes y, por último, colgué un cartel en la ventana que ponía: “Mañanas de: 9h a 14h”. Nunca se llegó a utilizar. Era el viernes, 30 de abril de 2010 y empezaba el puente del 1 de mayo. Nos fuimos a pasar el fin de semana a al pueblo de al lado, como tantos otros, y estaba tranquila y sin preocupaciones. Ni siquiera me llevé trabajo, cosa que algunas veces sí hacía, pero este me fui sin trabajo a cuesta. Mi suegra, a la que había conocido hacía tres años, nunca me había visto ninguna crisis de ningún tipo, y eso que ya me daban ausencias, epigástricas y dobles. El día uno de mayo, estando con ella, me dio una ausencia. La pobre se asustó y fue a por mi marido. Desde aquella, se sucedieron incesantemente una tras otra. La mujer se acostumbró, aunque se preocupaba cada vez que me ocurría. El lunes día 3 hice intención de abrir el despacho, pero haciendo la cama después de levantarme, empecé a tener el doble, que hacía que tuviera como doble vida porque veía todo muy marcado, escuchaba ruidos que no existían, aunque era consciente de que solo estaba en mi cabeza, las teclas del ordenador las sentía y me molestaban, el roce de las manos haciendo la cama me saturaba… Esto me hacía terminar las jornadas muy cansada, como si hubiera hecho dos cosas a la vez. Esa mañana me senté en el despacho y se sucedían las crisis de varios tipos, así que tuve que cerrar al público y abandonar. Me hice compañera inseparable de mi madre, pues me agobiaba tanta persecución de ruidos, de movimientos, de ausencias, de epigástricas (esas que parece que te den un puñetazo en el estómago, te corre como un cosquilleo por todo el cuerpo, te entran sudores y náuseas y te sientes muy mal) y el miedo a que me diera alguna fuerte como la primera que tuve a los diez años (tónico-clónica) o como otra que me había dado, aunque menos fuerte, un día en 2004 cuando volvía de una fiesta de madrugada acompañada por una amiga, se apoderó de la familia. Ahora no era lo mismo que durante tantos años en los que no le había dado importancia. Algo diferente estaba ocurriendo en mí sin que pensáramos que el estrés podía ser el culpable. Y desde ese día he estado las 24h acompañada por alguien. Para mí, como para muchas personas con epilepsia, es una situación que no deseamos porque queremos ser libres y que, sin embargo, nuestros familiares no comprenden. La libertad nos hace estar mejor aunque tengamos más riesgo. Es cierto que después me dieron otras dos tónico-clónicas y tuve la gran suerte de estar acompañada, pero de no haber sido así, me hubiera gustado que mis familiares hubieran seguido disfrutando de la vida y me tuvieran en mente como esa chica alegre que disfrutó de cada momento de su libertad.

Hace un año que falleció un chico en mi pueblo por una crisis y su familia se ha sumido en una depresión, sobre todo su madre. Ella me dice que había cambiado mucho su humor y que quería estar solo, aunque intentaban evitarlo. Y yo le digo que es lo que queremos y nos agobia tanta atención. Sucede lo que tiene que suceder como a alguien que le da un infarto, una subida de azúcar, tiene un accidente de coche, le ponen una bomba en un atentado, se cae de un andamio, le da un ictus o se mata escalando. La vida es un peligro continuo. Vivir es estar en peligro y cada uno tiene su momento para disfrutar, para sufrir y para morir, pero nadie queremos que los demás sufran por nosotros. Entiendo que es muy duro para los que están alrededor pero también lo es para nosotros, que lo padecemos.

A los diez años, cuando estando enferma con gripe y fiebre me dio mi primera crisis epiléptica tónico-clónica a las dos de la tarde, me ingresaron en el hospital y cerca de las diez de la noche, recuerdo tener cierta consciencia de dar una patada a un médico mientras me hacían unas pruebas. Poco a poco, fui despertando y volví a la realidad con unos fuertes dolores en la espalda por haberme hecho una punción lumbar sin haberme estado quieta por la inconsciencia (eso me contaron, porque a fecha de hoy y después de haber vivido otra experiencia similar, supongo que me sedarían y que seguramente no me estuviera quieta después de la punción).

Me pusieron una medicación muy fuerte, sin esperar a que me diera una segunda crisis, porque en 1986 lo hacían así a diferencia de ahora que esperan a que te dé más de una para emitir un diagnóstico. Con esa medicación me daban unos llantos muy grandes y corría con una amiga a esconderme, aunque no percibí que los niños se rieran de mí, más bien se preocupaban. Ahora me doy cuenta de la suerte que he tenido. También me daban unas risas demasiado fuertes y todo era de las pastillas. Mi médico decía que como soy hija sola, eso sería mimo y no le echaba cuenta a mi madre. Soy hija sola, es cierto, pero nunca mimada. Desde que tenía un año he estado con mis padres en el campo ayudando, porque al no haber chico en casa, pues yo ayudaba a los dos. Me ayudaban en los estudios y en todo lo que consideraban bueno para mí y creo que he tenido unos educadores estupendos en casa, que me han educado en valores de los que ahora carecemos en la sociedad empezando por el amor al trabajo, el respeto por los demás y sobre todo a nuestros mayores e iguales; pero en los ratos libres, como eran los fines de semana, puentes y vacaciones, yo iba con ellos a coger aceitunas, higos, carbón o piedras; lo que hubiera. Piedras, sí. Que no resulte extraño. Las recogíamos para hacer calzadas y que los coches anduviesen por las cuestas. He ayudado a mi padre en el campo y a mi madre en casa. A los seis años me apunté a costura, cosa que otras niñas no iban, no se fueran a pinchar. Con ocho años me apunté a natación y aprendí a nadar. Siempre iba a clases particulares en verano para aprender para el curso siguiente y estar entretenida. Necesitaba estar haciendo algo. A los nueve años, en verano, tenía: a las once de la mañana, natación; a las doce, clases particulares; a las seis, corte y bordado, y era feliz con mis tareas y sin que mis padres me sobreprotegieran por ser hija sola. No había actividades extraescolares pero me las organizaba yo. Después jugaba en el tiempo restante después de hacer las cosas que mi madre me enseñaba en casa. Mis juegos favoritos eran ser oficinista, maestra o dependienta. Cuando a los diez años me dio la primera crisis, dejé las clases particulares en verano porque no me hacían falta pero seguí con mi ritmo de las demás. A los once, me apunté en verano a mecanografía con una máquina de escribir que me compré con mis ahorros y me los gasté todos (veinticinco mil pesetas). A los doce años, me compraron mis padres mi primer ordenador y me apuntaron a un curso, pues me empeñé en que si no me lo compraban me quedaba atrás en la tecnología porque las máquinas de escribir se quedarían anticuadas, y me lo compraron porque era algo de provecho. Al contrario, nunca conseguí unos patines ni una bicicleta, ni un organillo pequeño porque no era de provecho (me apasionaba el piano pero no la guitarra, que le gustaba a mi padre). Los padres siempre apuestan porque a los hijos les guste lo mismo que a ellos, pero fuera de esas cuestiones meramente anecdóticas, siempre confiaron en mi buena y libre elección para mis estudios y no estuvo vinculada a sus preferencias sino a las mías. Me hice economista por vocación y esa materia, junto con la educación y la psicología han marcado y marcan mi día a día.

Después cuando trabajaba me apunté a clases de piano durante cuatro años y pude conseguir lo que me gustaba.

Siempre he sido una persona muy activa, con muchos proyectos en mente y necesitando hacer cosas, pero muy madura y con las ideas muy claras. Eso de fumar y beber no me gustaba, y tampoco el café (y no porque no lo tomaran en casa), aunque no fumaban, pero siempre que mi padre se pasaba de copas en alguna fiesta (cosa que a todo el que bebe le habrá pasado alguna vez) me afectaba mucho, porque como todos los que beben cuentan tonterías, se ponen pesados y a mí eso no me gustaba. A los niños más grandes los veía tirar vasos, romper cosas y “hacer el gamberro”, en tres palabras. Yo no le encontraba chiste a esos comportamientos, porque el gamberrismo nunca fue lo mío. Me veía bien en mi forma de ser y la defendía ante los demás con argumentos convincentes. El qué dirán me daba igual y trataba de contagiárselo a algunas niñas que, al contrario que a mí, les afectaba mucho. Cada persona es irrepetible y única, con sus defectos y virtudes, pero cada uno elige los que quiere tener y nadie tiene derecho a pisotearte. Los comportamientos que cada uno elige nos alejan de unas personas y nos acercan a otras diferentes. Quienes conocemos en los primeros años de vida, no siempre van a ser las personas que mantendremos a nuestro lado hasta el fin de nuestros días. Siempre puedes buscar sustituto en algún ambiente en que haya alguien como tú o que te respete. Por eso la asociación de epilepsia hace un buen trabajo y crea un círculo donde nos podemos comprender unos a otros mejor que en cualquier otro lugar. Además, en ningún otro sitio, ni colegio, ni hospital nos van a comprender nunca mejor que entre nosotros mismos. Nosotros, cada uno con sus experiencias, podemos aportar al grupo lo mejor de nosotros y compartir esos otros momentos, que si bien no son tan buenos nos harán crecer y nos hará sentirnos mejor cuando al exponerlo ante los demás veamos que no somos los únicos.

Sin embargo, una vez que sabemos que somos diferentes en algunos aspectos de nuestras vidas a otros grupos de las sociedad, porque hay muchos grupos y muy diversos, ni mejores ni peores que el nuestro; debemos luchar juntos porque al igual que el resto de personas, pertenezcan a un grupo o a otro, tenemos los mismos derechos que los demás ciudadanos de España y del Mundo, aunque nuestras necesidades, en algunos casos, sean diferentes.

Con esto, termina el resumen de mi vida, de mis cuarenta años, con mis anécdotas, mis logros, mis problemas con la epilepsia y mi forma de ver el mundo, que me ha ayudado a sobrellevarlo mejor. Al final me he operado y aunque no me he curado mi calidad de vida ha mejorado y he aprendido a convivir con un modo de vida tranquilo, sin estrés y sin trabajar, aunque eso supone renunciar a los sueños que alimenté desde pequeña y por los que he luchado toda mi vida.

Leonor Cuevas Martín

 

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