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Mi testimonio por Merche

Testimonio de una afectada


Faltan seis días para mi cumpleaños, el próximo 14 de enero, en el que llegaré a la significada edad de los 30 años, uff, qué pasada!! Pero la verdad es que lo miro con ojos de serenidad y mayor confianza.

Hace unos pocos meses comencé a ponerle nombre a mi vida: “EPILEPSIA”. Sentía la enorme y profunda necesidad de comprender y compartir mis sensaciones, experiencias y emociones con alguien más, con alguien que me entendiera o sólo que me escuchara.

Es de valientes cerrar un libro para comenzar a escribir otro, y éste es ahora mi principio.

Mi libro comienza con un final feliz, que es el que voy a construir, pero su lectura y comprensión provienen de un frío 19 de enero de 2001, a la temprana edad de 19 años recién cumplidos.

Venía de estudiar de Sevilla en el autobús, con el futuro en mis manos para competir por la carrera de mis sueños, “veterinaria”, pues soy amante de los animales.

Ese día estaba agotada, me había levantado temprano para ir en ambulancia con mi madre al tratamiento de quimio por el cáncer de mama, las navidades las había pasado entre los pasillos del hospital y los villancicos de las enfermeras, y llegué a mi casa con un fuerte dolor menstrual acompañado por agudas punzadas en la cabeza, como la migraña.

Me acosté sin cenar, rechacé la visita de mi novio porque no tenía ganas de nada y cerré mis ojos.

Al abrirlos me encontré en un hospital, no sabía qué día era, ni qué hora, ni qué me estaba pasando.

Solo tenía vagos recuerdos, lagunas, mi yo era inconsciente al no saber explicar por qué estaba en una cama con barandillas de seguridad, y atada de pies y manos. Una luz roja en mi dedo y rodeada de electrodos, cables y todo un sinfín de aparatos dignos de revivir a un ser humano.

Sólo sé que me cambió todo y a fecha de hoy, después de hacerme muchas preguntas, muchos ¿Por qué a mí? ¿Qué razones? Las causas no son concretas, influyendo el estrés, un agente externo sin especificar llamado virus, y la fiebre me provocó una encefalitis frontal izquierda con múltiples convulsiones de larga duración. Eran tan fuertes y prolongadas que para evitar daños mayores me dejaron en estado de coma controlado.

A raíz del alta hospitalaria, he sufrido mucho por las secuelas. Perdí todos mis conocimientos a nivel de Bachillerato de ciencias, hasta el punto de que una simple suma ya no sabía hacerla, no coordinaba las palabras al hablar o las decía al contrario, también la escritura fue algo muy duro porque no recordaba cómo escribir y todavía conservo los cuadernillos de cálculo de Rubio.

Olvidé quiénes eran mis amigos, sus nombres, mis familiares y los sentimientos, las sensaciones, no entendía nada, si siquiera podía atarme los cordones, lo que supuso todo un reto para mí.

Lo único que primor dio en mi vida en esos momentos fueron las 12 medicinas que me tomaba al día, y de entre ellas, alguna sería la que apaliara las convulsiones, y además mi familia.

Lo que más duele es que tu pareja deje de luchar por ti, por lo que en un principio yo era el centro de su universo y él se sentaba a los pies de mi cama a consolarme o venía de la facultad a verme todos los días con un ramo de flores y bombones. Sonaba el teléfono y era él. Todo eso lo enterró para siempre en sus miedos a cargar con alguien que le obstaculizara sus ideas de la vida.

Pero a partir de ahí, comencé a luchar contra mi yo interior, mis miedos, mi soledad, el vacío de un amor desgarrado y todos mis objetivos eran de superación diaria, hasta conseguir un trabajo que me hiciera sentir realizada.

He llorado por estudiar y no obtener resultados, o por no poder disfrutar de una copa, ir a la feria, trasnochar o simplemente no poder ir al cine de madrugada, toda una juventud llena de momentos de soledad.

Y aún no ha terminado todo, pasan dos años y me vuelve a repetir, con menor intensidad, pero claro, la esperanza que se forjó, de nuevo se desploma y todo el trabajo y los esfuerzos se resienten. A esto lo llamo yo “MIEDO A PERDER Y PERDERME”.

Me echaron del trabajo, los amigos te dan de lado porque no les sigues el ritmo, pierdes tu intimidad al decir que tienes epilepsia porque las personas lo etiquetan a su manera y otra vez dependes del tiempo, la paciencia, la esperanza de que poco a poco remontarás el camino de la lucha.

Te levantas una mañana y no entiendes nada, no sabes por qué, y decides dejar la medicación, -¡Ya qué más da!- Intentas creer que estás bien, que no te pasa nada y que puedes hacer vida normal: “NO TENGO EPILEPSIA”.

Pero de nuevo se cierra la puerta, ese no es el camino, no puedo esquivar la verdad, no puedo vivir, tengo que afrontar la realidad y hacerme amiga de mi enfermedad.

Así juntas lucharemos, nos caeremos y nos levantaremos, la una cuidará de la otra para seguir de pie.

Por eso es importante despertar, pedir ayuda, hablar de lo que nos pasa, pues solo así llegaremos a entender y entendernos, y nuestro apoyo a otras personas serán la clave que libere a muchos en este camino.

 

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